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Ezagutu Irati


          El veinticinco de Diciembre de mil novecientos ochenta y dos, Irati decidió hacernos un regalo, ella misma. En su reparto de regalos por los pueblos de Euskal Herria, el Olentzero dejó en nuestra casa una preciosa niña.  Así vino Irati al mundo, cuando ella quiso pues según todas las reglas ginecológicas aún debería haber permanecido algunos días más en el vientre de su madre. Con el transcurrir del tiempo se entiende su impaciencia. Era ya mujer de proyectos. 

         Durante los seis primeros meses de su vida fue una niña tranquila, dormir y mamar, a esa edad comenzó a gatear y creo que ahí empezó ya su afición por la escalada, tanteando en horizontal para luego pasarse a lo vertical. Siempre ha sido pacífica y observadora. La recuerdo en la ikastola sentada en posición de loto durante largo rato esperando que terminaran las clases de danza. En su apariencia serena guarda un fuerte carácter, pero sólo lo muestra en contadas ocasiones. Con un año hablaba con mucha claridad, esto y los versos que escribía en cuarto de primaria, nos hizo pensar que quizás fuera la primera alavesa en lucir la txapela de campeona de Euskadi. Pero no ha sido así y aunque le gusta escribir a la naturaleza, a las amigas,  a su pueblo y a cualquier cosa que ponga  en movimiento sus sentimientos, ella siempre ha tenido muy claro lo que quería y a medida que crecía iba dejando actividades en el camino para optar por las que más le atraían; escalada y bertso,  los estudios  no estaban precisamente entre sus preferidos, pero ya sabéis como somos de pesados los aitas “estudia que esta es la mejor herencia que te podemos dejar”, no es que nos hiciera mucho caso pero los llevaba bien. 

         Durante un tiempo compaginó estas actividades con algún trabajo para sacar el dinero que le permitía ir a escalar fuera de Euskal Herria. Cuando empezó a competir, dejó un poco apartado el bertso y se dedicó a entrenar a saco, como dicen ellos.  

        Sus comienzos no fueron fáciles, sobre todo a la hora de salir a roca, siempre andaba mendigando un hueco en algún coche. Las dificultades nunca fueron un impedimento, ella siguió quitando tiempo a sus horas de marcha y con la ayuda de sus aitas, que hacíamos de taxistas, siguió escalando hasta hacerse un lugar en el mundo de la resina. A partir de ese momento ya empezaron las competiciones, los trofeos, l@s nuev@s amistades, los grados, los viajes y todo lo que conlleva ese mundo, donde sigue apostando cada vez más fuerte, una veces sufriendo y la mayoría disfrutando pero sobre todo,  haciendo lo que le gusta.